Bordaba con manos de hada manteles, visillos, sábanas. Sentada junto a la ventana, con los dedos doblados por la artrosis y el pulso temblón, aún hacía unos pañuelos sencillos, de hilo de algodón. Así alcanzábamos edad para la escuela, nos hacía dibujar nuestra inicial y calcarla con papel carbón sobre el tejido blanco. Nos dejaba elegir el color de la hebra y le enhebrábamos la aguja. Aquella aguja finísima, que apenas hería la tela. Cuando terminaba la labor, desmontaba el viejo bastidor de madera, los lavaba a mano y después de plancharlos nos llamaba con un susurro en que acunaba todos los misterios y nos pedía que besáramos el lienzo.
-Pero un beso de verdad, bien apretado, decía.
Recuerdo el roce delicado del tejido aún tibio en mis labios, el olor de la tela y la sensación de participar en un rito que me quedaba lejano. También la recuerdo guardando cada pañuelo en una caja de cartón alargada, con flores pintadas en la tapa. Dentro de la caja dormía un membrillo sin edad, amarillo y enorme.
-Solo me falta ya el de Julia. A ver si viene a verme pronto, porque cada vez veo peor y no quiero que me salga chuchurrío.
Por la mañana ha telefoneado su cuidadora. La ha encontrado sentada, un poco caída de lado, como si el sueño la hubiera vencido, con una caja de cartón abierta y estrujando entre las manos un manojo de pañuelos blancos. Una especie de fruta añeja y consumida estaba en el suelo a los pies de la cama.
La abuela decía que su hermana no guardaba pañuelos, que se estaba guardando los besos para cuando fuéramos mayores y, por esas cosas de la vida, ya no pudiéramos ir a dárselos.
