Mi problema es azul,

como tus ojos tibios en que vuelan

gaviotas de desaire

y en silencio,

con indolencia de gemas trastornadas

abren escaras sobre

la breve piel de mi recuerdo.


Mi problema es opaco,

como tu hablar redondo de lago encenagado

tornando inaccesible

la roja clave que habita tu garganta, 

confundiendo en su luz la tímida polilla

que llevo ya en los párpados.

Mi problema es enero

y es julio y primavera,

y la luna que hoy martes cabrillea en mi puerto

alentando cercanas marejadas

en todos los humores.


Mi problema quizá no sé cuál es

en esta batahola de lenguas interiores...

Siempre me fue difícil

acotar los espacios que dilata la duda

y poblarme el instinto de vértices geodésicos

para trazarle mapas a la vida.

Todo lo más hay veces

que descubro guijarros alineados,

migas de pan,

que asiento el pie sobre anteriores huellas.

Será que no fui hecha

para este recorrido.


Ya

Abandonan sus nidos
las aves que te habitaban el rostro
y el jolgorio marrón de los gorriones
no aletea debajo de tus cejas.
Tan solo un insondable mar en calma
va extinguiendo salobre
la mirada severa.

Te despides
sin adioses que agiten ya la mano,
sin palabras
que guardar
en un cajón secreto,
te terminas
cansadamente,
pausadamente,
calladamente,
callada
mente
y ya.

¿Qué?


¿Qué puede ser del prado
sin toda la hemorragia de amapolas
cuando le llueva abril?
 ¿Y qué se hará del aire sin los pájaros,
sin el atesorar de brisa
que sustenta las plumas?
¿Qué ocurrirá si el agua
no apacienta metálicos
los rebaños de peces en sus ondas?
Así  mismo me pienso
sin la torpe premura de mis libros
en tu voz nocturna,
saber que lo que ya no es hoy jamás será,
dormirme sin tus sueños en escorzo
y dibujar ya nunca
la asimetría perfecta del abrazo
en la sábana yerma. 
Y en esta despiadada toma de conciencia
vuelvo sin armas yo
al acecho convulso del recuerdo
y cierro la ventana
para que no entre el sol del abandono.

DE DERECHOS


Reclamar el derecho
a no ser princesa,
ni guerrera,
a ser piltrafa
desganada de duelos y batallas,
a no ser,
a dejarse caer, a desistirse.
Derecho a la renuncia inexplicable
y a la ausencia de ganas
y al letargo.

Reclamar el derecho
 a no encajar tampoco en los descartes,
a no hacer más reclamaciones,
ni admitirlas.
Sencillamente estar
hasta dejar de hacerlo.
Irse
sin que cada latido
requiera explicaciones o permisos
ni oleadas de voces entusiastas.

Es también tiempo de nada.
Todo
 ese
 tiempo


EFEMÉRIDE



Bajan llorando las viñas
entre los tesos dormidos
y un desperezarse marzo
que trompetean las grullas
surca los llanos.

Solo tú,
ceniza ausente
sobre la alfombra malva de la aurora,
callas;
sola tú,
niña sin noviembre,
bajo la nube herida de las sábanas;
solo tú sola.

Nace la primavera en los aleros
de todos mis tejados
y una intemperie antigua,
apagado rescoldo de demasiadas décadas,
se afila como escoplo en el regazo.

Sola tú en este marzo que es noviembre
desde que fuera octubre y veintinueve.
Sola donde los trenes trotan todas tus ausencias
y ya
no puedo agasajarte
en este aniversario.

OLVIDO



Y llegarme hasta un tiempo en que no sepa
quién soy,
que ya no sea mía,
que no importe la tarde en las aulagas,
ni el rocío en el prado...
y no vengas
descalzo por mis sueños.

Margaritas sin hojas ni sentido
se tenderán sobre la mesa puesta,
recado de escribir sin dedos que lo salven,
efigies de moneda sin historia y esferas
de relojes inservibles.

Y no ser más cobarde
que mi propia osadía,
y no ser más valiente
que mis propios temores.
Y llegar
y no ser,
que es como no llegar
 donde llegamos todos.

No,
así no.
Yo no lo quiero.



BESOS DE HILO


Bordaba con manos de hada manteles, visillos, sábanas. Sentada junto a la ventana, con los dedos doblados por la artrosis y el pulso temblón, aún hacía unos pañuelos sencillos, de hilo de algodón. Así alcanzábamos edad para la escuela, nos hacía dibujar nuestra inicial y calcarla con papel carbón sobre el tejido blanco. Nos dejaba elegir el color de la hebra y le enhebrábamos la aguja. Aquella aguja finísima, que apenas hería la tela. Cuando terminaba la labor, desmontaba el viejo bastidor de madera, los lavaba a mano y después de plancharlos nos llamaba con un susurro en que acunaba todos los misterios y nos pedía que besáramos el lienzo.
-Pero un beso de verdad, bien apretado, decía.
Recuerdo el roce delicado del tejido aún tibio en mis labios, el olor de la tela y la sensación de participar en un rito que me quedaba lejano. También la recuerdo guardando cada pañuelo en una caja de cartón alargada, con flores pintadas en la tapa. Dentro de la caja dormía un membrillo sin edad, amarillo y enorme.
-Solo me falta ya el de Julia. A ver si viene a verme pronto, porque cada vez veo peor y no quiero que me salga chuchurrío.
Por la mañana ha telefoneado su cuidadora. La ha encontrado sentada, un poco caída de lado, como si el sueño la hubiera vencido, con una caja de cartón abierta y estrujando entre las manos un manojo de pañuelos blancos. Una especie de fruta añeja y consumida estaba en el suelo a los pies de la cama.
La abuela decía que su hermana no guardaba pañuelos, que se estaba guardando los besos para cuando fuéramos mayores y, por esas cosas de la vida, ya no pudiéramos ir a dárselos.