MARE NOSTRUM


       Y llegará la espuma
con sus nombres bordados en encaje,
y  lamerá la orilla
esa saliva-lágrima  delatando distancias      
y el tacto de las algas
con verdores de muerte
se enredará en las quillas.
Y habrá pasado todo...

       ...Y nada habrá pasado porque todo vuelve.
La marea regresa con su espuma,
vuelven las lágrimas,
los nombres vuelven,
y abrazando las quillas con sus algas verdes ,
impresa en los esquifes vuelve también la muerte.

       Y la luna que guía el oleaje
inmoviliza un tajo de navaja celeste,  
vuelve el mar a ser cóncavo sudario,
que atestigua en salitre la ignominia
de tanto nombre,
de tantas algas,
de tanta muerte.

       Solo la luz que riela en vaivenes de ausencia
delata en su silencio sin latido
la lividez aciaga de estas playas,
la sordidez culpable de esta orilla,
ensimismada espalda tan vuelta a las espumas,
a los nombres,
a los hombres.

Casi abril

Media marzo
con olor a mimosa en los dinteles
de las puertas abiertas,
con retañir de bronces y jilgueros en ramas despistadas.
Media marzo
Al sur ya irán bordándose las llagas de la jara
y un aletear de espigas incipientes
pondrá fleco a los lomos de la tarde.
Y tú estarás ya echado en la ladera
con empolvado rastro de tomillos
mirando al agua.
Y yo estaré en mi mesa,
escribiendo esta carta sin destino,
sin otro fin que amontonar tu ausencia.
Marzo.


Estadísticas

Nota previa: Este texto fue publicado hace muchos años, pero una conversación reciente me anima a rescatarlo.

Llevaba desde mayo planeando sus vacaciones, qué haría y qué dejaría de hacer. Lo de menos era la playa. Pensaba en ello, se llenaba de un sabor infantil a polo de naranja que le ayudaba a completar el trabajo. Aquellos treinta días se ofrecían como un cuerpo desnudo y habitable, como un hermoso sueño al amparo de las estrellas fugaces.

Cuando junio empezó a ser un crepitar de fuego en los cristales de la oficina, casi añoró el olor de tierra mojada y el aparato eléctrico con que agosto solía poblar las tardes más notables. Pensaba entonces en cómo disfrutaría de los paseos sobre la arena húmeda de los caminos; por las huertas podrían verse frutas caídas por el acoso e la tormenta y las higueras empezarían a ser promesa de dulzuras inexplicables.

Sí, se decía, puedo hacer lo que no tengo valor para hacer en abril, lo que no tengo tiempo de hacer en diciembre...

Podría incluso tener un amor, uno de esos amores refrescantes y breves, como el gusto eficaz de una rodaja de sandía tras la siesta, uno de esos amores que aletean ante los ojos un momento, igual que mariposas de la col; si su vuelo se prolongase mucho tiempo, se haría monótono, si se abreviara sería inapreciable. Tendría un amor justo, medido en la intuición del cocinero experto, dorado en el preciso fuego de una locura que se sabe ocasional pero se sueña eterna... Sí, tendría su amor de verano, descansaría de sí mismo.

Lo contaban a menudo en películas y baladas y hasta en el argumento de ciertas novelas, por eso le extrañaba que él, tan normal para todo, no pudiese contar una experiencia parecida. Seguramente, se dijo, porque le faltó el valor en el momento preciso.

Desde mediados de julio estuvo deleitándose en el menguar del calendario, como si aquel fluir de hojas desechadas le acercara al paraíso.

El último día apenas comió, nervioso igual que un niño que aguarda el recreo, luego se despidió de los compañeros, casi volviendo a ser humano...

Por eso si no vuelve, o se retrasa más de lo prudente, preferiré pensar que su amor se prolonga en el otoño, a salvo del incendio forestal y de las curvas de la autovía. No vengan a contarme los quinientos muertos de la temporada ni las cienmil hectáreas calcinadas.

¿Por qué no se elaboran estadísticas de amores de verano?

Barranco abajo


     -Niño Antón  no le hacía recados a su madre como otros niños
     -Igual es que tú no lo veías.
     -Hazme caso, que sé lo que te estoy contando.

      Niño Antón  faltaba mucho a la escuela y la maestra nueva se presentó en la casa para hablar con sus padres. Solo encontró a una abuela, medio sorda y casi ciega, sentada en una mecedora ante la puerta. La maestra tuvo que levantar mucho la voz y entonces Antón,  que estaba dentro, contestó por la rendija de la ventana.

     -Mi madre no está. Vendrá luego, sobre las nueve
     -Pues dile que tengo que hablarle. No puedes seguir faltando tanto, os voy a           tener que denunciar.
     Niño Antón sabe que la denuncia es lo de menos y sigue a lo suyo, preparando la cena que comerán él y la abuela Flavia dentro de un rato. No le va a decir nada a su madre, porque la madre del  niño Antón no va a venir sobre las nueve,  ni en muchos, muchísimos días. Ha mentido. La maestra nueva ha obrado por el impulso de joven novata y no se ha preparado el asunto, no tiene ni idea de muchas cosas. Tampoco importa demasiado.

     Cuando niño Antón  sí iba a la escuela, a la otra escuela,  también faltaba mucho.

     Mientras niño Antón cena, va repasando cosas del día siguiente. Si toca tender ropa, si es jueves, si  tiene que cambiarle las sayas a la abuela Flavia...
La abuela Flavia, como no oía apenas y tampoco veía mucho, pedía todo a voces.
-Niño llévame a la cama
-Niño traeme el botijo
-Niño
Niño Antón ya no se apresuraba como al principio. Sabía que no era urgencia, sino una forma de asegurarse. Él seguía su ritmo.

     Niño Antón casi nunca duerme del  tirón. Algunas pesadillas no se ahuyentan encendiendo la luz. Algunas pesadillas se quedan con uno, se acomodan y siguen ahí para siempre, como un cónyuge interesado.
La abuela Flavia duerme a veces de día. Debe ser aburrido no ver ni oir del mundo casi nada y es mejor sestear, o a lo mejor tampoco duerme bien por las noches. Uno no sabe. A veces en sus siestas, la abuela Flavia habla sin gritos, como sin saber que niño Antón puede escucharla
     -Mi chico no se merecía esto

     Niño Antón no dice nada. Cuando la abuela Flavia está despierta, tampoco dice mucho. Niño Antón y la abuela Flavia hablan muy poco, diría que lo justo.

     Cada jueves, niño Antón agarra a la abuela del brazo y sube con ella a un autobús para ir a ver a su madre. El día siguiente a la visita de la maestra, medio riendo, le contó que tenía maestra nueva y que quería verla.

     -Pues que venga- - contestó madre con cierta sorna. Y luego cambió la cara,        exhaló un discreto gemido y le llamó de nuevo como solo ella sabía hacerlo          sin herirle.

     Mamá apenas sonreía, pero lo hacía muy bien.

     Cuando Niño Antón sale a la calle, se pone una  sudadera oscura, bastante raída, que le queda muy grande.  Siempre lleva la capucha subida y cerrada hasta las cejas,  aunque esté casi en junio y el calor apriete. Cuando visita a su madre tiene que descubrirse, entonces no le importa, sabe que es la única forma de que le dejen pasar, pero el resto del tiempo, no hay modo.

     Hace ya mucho tiempo que el niño Antón cogió la costumbre de taparse. Al principio no era rutina diaria. Algunas  veces, cuando no faltaba a la escuela, aparecía en clase con aquella ropa. Mediando marzo uno de los chicos quiso bajarle la capucha durante el recreo y el niño Antón se lió a sopapos con una mezcla de furia, dolor y llanto que no había manera de parar. Lo expulsaron por una semana, pero tardó más en volver. Cuando regresó, trayendo de nuevo la capucha puesta,  la maestra- la otra maestra-  le dijo que se destapara, que era una falta de respeto estar cubierto en el aula y que si no había aprendido nada, pero niño Antón no hacía caso, ni siquiera respondía. La maestra lo mandó al pasillo para que reflexionara un tiempo. Cuando al cabo de un rato salió para buscarlo, el niño Antón se había vuelto a casa y ya no volvió ni a aquel aula, ni a aquella escuela, ni con aquella maestra.

     Al final, el niño Antón acabó ingeniándoselas para sortear la escuela- todas las escuelas-  hasta que tuvo edad para estudiar a distancia, fueron unos años trampeando, también fue trampeando para sacar dinero y ayudar a la abuela Flavia en sus cosas. Años más tarde, aprendió a usar el ordenador, consiguió uno de segunda mano y empezó a escribir y a andarse por las redes. Era una forma estupenda de llegar a todas partes sin descubrirse la cabeza- Nadie te lo pide- Al niño Antón le fue fácil elegir nick para sus cuentas  y como tantos otros, usó una fecha por contraseña.

     La abuela Flavia murió una mañana sin dar tarea. Antón había cogido el autobús- Desde que tuvo edad para hacerlo, prefería ir solo para ver a su madre- Cuando regreso a casa, solo tuvo que llamar a la compañía de los muertos y dar los datos. La abuela Flavia llevaba toda su vida pagando aquel recibo religiosamente. Hace años que nadie le llama a voces, nadie cerca de él comenta en sueños que el chico no merecía lo ocurrido.

     Antón ya no es un niño. No se olvida las fechas, se acuerda de todo aquello como si fuera ayer, como si no hubieran pasado treinta años, o como si su abuela sorda y casi ciega pudiera sentarse delante de la puerta a mecerse esperando la cena. Por un momento, casi le parece verla venir caminando, meciéndose y escorada como un barco, pero es su madre la que se acerca con paso vivo, con los ojos sin lágrimas y una mano extendida que acaricia su cara metiéndole los dedos por debajo de la capucha.

     -Vamos a casa, vámonos ahora mismo.

     Antón está sentado ante el teclado, escribe nick y contraseña y mira de reojo al catre donde duerme su madre. Es la primera tarde que la tiene solo para él en demasiado tiempo. Antón ya no es un niño, pero aún recuerda perfectamente el siete de abril. Se volvió de la escuela antes de tiempo. No tenía nada que reflexionar en el pasillo. No quería  destaparse la cabeza delante de toda la clase y que pudieran ver la brecha y el mechón rapado alrededor, ni contar que su padre le había marcado toda la espalda con la hebilla del cinturón. Le importaba bien poco que estuviera mal visto mantener la capucha dentro del aula. Había caminado con ansia de llegar a casa, aunque a trechos le venía la rabia y le daba patada a alguna piedra. Cuando llegó a la puerta, escuchó el alboroto de sobras conocido, abrió y se encontró con la cara congestionada de su padre que miraba sin acabar de comprender.

     -¿Qué coño haces tú aquí? Maldita sea ¿Por qué no estás en la escuela?
     -Me han echado otra vez

     Y volvieron los gritos, los insultos, los golpes, el trastabillar y lanzar cosas y, entre las cosas, la botella mal tapada. Mamá no llegó a tiempo de evitarlo, pero le cogió al vuelo y salió corriendo  con Antón en brazos para buscar un médico. Les dijeron que había tenido suerte, que salvaría los ojos, y el niño Antón se pasó unos días en el hospital. Mamá llegaba a verlo cada día, se sentaba a su lado y le cantaba cosas muy bajito o le colocaba las ropas. A veces le vencía el sueño y el niño Antón la veía así, por entre la gasa y las pomadas, medio borrosa aún, dormida y triste.

     Una tarde, cuando faltaba poco para mandarlo a casa, le quitaron las vendas delante de mamá. Antón vió en la cara de su madre lo que tardaría en mirar por sí mismo en el espejo. Mamá, aguantando las lágrimas, le puso un beso en la frente y a niño Antón le sorprendió sentirlo tan distinto de como recordaba. Mamá se marchó a casa y la enfermera le tranquilizó diciéndole que ya quedaba muy poco. Los besos en la frente nunca volvieron a sentirse como antes.

     Una vez en casa, mamá  trituró seis pastillas de raticida,  las echó en la garrafa del vino negro y peleón que bebía su hombre. Le dejó que bebiera sin reproche-estuvo a punto de servirse una ronda a su salud, pero le quedaban demasiadas cosas que arreglar- Se sentó a esperar y después fue al teléfono, llamó a la abuela Flavia para decirle que tendría que llevarse al  chico durante una buena temporada, se guardó el carnet en el bolso, se puso una rebeca sobre los hombros y se llegó hasta el puesto de la guardia civil.

     -Mi chico no se merecía esto.
     -El mío menos, Flavia. El mío menos.

     No cruzaron más frases hasta el juicio y niño Antón no volvió a ver a solas a su madre.
   
     -Te van a decir que estoy loca, pero tú sabes que no
     -No, madre. Yo sé que no.
     -No podía dejar que te hiciera más daño. A ti no, mi niño
     -Ya, madre, ya.
     -Se te ha quedao la carita barrancosa
     -No se preocupe madre, yo me tapo, ya sabe.
     -Si yo no hubiera estao con el salfumán
     -No es culpa suya, madre. No es culpa suya.
     - Mi niño Antón...

     Antón mira la cara de su madre mientras duerme. Casi una anciana, con el ceño un poco fruncido, como cuando la veía dormir en el hospital.

     -Mi niño Antón, mi cara barrancosa -susurra medio adormilada la mujer                incorporándose
     -Ya está madre, ya está.

     Y de pronto se arrasan los dos en lágrimas que no han llorado en más de tres décadas de cárcel y distancias...

     En la pantalla ha saltado la alerta de un mensaje de chat

     -¿Estás  ahí  “Carabarranco”? ¡Va hombre! Me dejaste a medias con el cuento del niño ese.










Perfume II (sigue a Perfume I) Sugiero leerlos en orden.

   Los días sin embargo no eran suyos. La habitación se llenaba de visitas que acudían como dando cumplimiento a un deber sagrado en el que nunca hubieran creído, como tantos católicos van a sus misas dominicales. Hoy toca. Y tocaba primo Hugo, cuñado Hugo, vecino Hugo... Y saturaban el aire de la habitación con sus perfumes de día de la madre en El Corte Inglés y sus conversaciones inoportunas que versaban siempre sobre dos cuestiones a saber, una el hay que ver este muchacho con lo que ha sido, pobrecito mío y otra siempre, inevitablemente, alguien que preguntara en un susurro no lo bastante sordo
 
   -Ya no oye ¿verdad?

   Cecilia sacudía la cabeza sin ganas, sin decir ni sí ni no. No recordaba que en ningún momento se hubiese atribuído a la morfina ni a las lesiones hepáticas la capacidad de limitar la audición, ni tampoco le parecía que en mitad de aquella feria de muestras pudiera ser más doloroso para Hugo escuchar comentarios sobre su mal aspecto que no escuchar ningún comentario sobre él.

   Algunos tenían la prudencia de sacarla al pasillo para luego decirle si tenía ya todo preparado, y en ese todo se incluían entierro, propiedades y otra decena de decisiones que, desde luego, Cecilia no quería tomar.

   -Ya sabes que luego, con las prisas de última hora siempre quedan flecos y alguno se aprovecha.

   Afortunadamente, no había sucedido igual cuando su padre. Entonces habían podido estar los cuatro hermanos solos en torno a mamá, pero ese era un recuerdo viejo, demasiado gastado durante muchos años para servirle ahora. La hora de las visitas pasaba a ser, un día más, la dolorosa constatación de que Hugo le importaba un carajo a cualquiera que no fuera ella.

   Hacía frío el día en que murió. estaba anocheciendo y, acaso por fortuna salió al cuarto de aseo dejando a una enfermera alerta.

   -Tengo que salir un segundo, cariño, vengo ahora mismo-Le apretó la mano exangüe y luego salió.

   Al regrear supo que había tardado demasiado, o quizá no, quizá se había demorado lo suficiente para no asistir con sus propios ojos a la primera y única derrota absoluta de aquel hombre al que todavía podía sentir suyo por unos instantes.

   Fuera había comenzado a caer un aguanieve mansa y engañosa que aparentaba paz pero taladraba hasta el alma como manojos de agujas sobre la piel. Comenzó a marcar teléfonos y enseguida tuvo organizadas las cuestiones urgentes. Cecilia podía siempre con todo y esto no tenía porqué ser una excepción.

   Sin embargo, ya durante la noche comenzó a sentir que sería demasiado, que no podría soportar volver a casa sin él, aunque llevara haciéndolo varias semanas. Peor aún, que no soportaría llevárselo en aquella urna verde oscuro que siempre elegían las empresas funerarias. Comenzó a llorar por segunda vez mientras procuraba evitar que le cayeran los mocos sobre el vestido gris marengo y tan solo paró cuando los ojos eran puro fuego.

   -Deberías dormir un rato-dijo alguien- A esta hora no vendrá mucha gente, además está ya tu cuñado.

   Sabía que no conseguiría dormir. Se puso en pie porque entraba un funcionario a informarles de que cerrarían el edificio.

   -Si quieren pueden volver ustedes mañana a las siete que es cuando abrimos.

   Y dejó allí a Hugo, que ya no era su Hugo, su objetivo y su fin, sino apenas un rastro macilento de cuanto había amado. Fue  demasiado sencillo, abrumadoramente sencillo despegarse de allí.

   El velatorio resultó como esperaba, así que pudo actuar con la suficiente corrección y no echar de allí a toido el mundo como había imaginado en sus delirios. Todos tuvieron la prudencia de noi decir demasiado y ella tuvo la justa para no callar en exceso. Todo ajustado a un guión no escrito, pero que le permitió seguir adelante unas horas más, sumergida en la representación de su propia cordura, lo que esperaban todos ya que, después de todo, Cecilia nunca había sido una insensata.

   O acaso sí, acaso una única vez lo fue. Se había permitido serlo dejándolo todo, incluso sus estudios y su gente para emparejarse con aquel personaje de nombre singular e historia impronunciable que había conocido pocos días antes en unos grandes almacenes. Así, sin más, lanzándose al vacío que solo ella no veía se amancebó con Hugo por espacio de quince años. Aunque luego le permitieran hacer las paces a su modo con casi todo lo que quedara atrás, con casi todo lo que carecía de importancia.

   Con Hugo había definido otros valores y otras actitudes, se había permitido lujos que no se pagaban con dinero y se había prohibido caer en la tentación de la decencia. Se habí, en fin, perdido para siempre.

   Sentada aún en el sofá, con el vestido de lana arrugado, el pelo suelto y la cara llena aún de chorretes pensó por vez primera con coherencia en todo aquello y se aterrorizó. Quedaba por delante toda una noche, docenas, cientos de noches. Sobre la mesa, sin destino aún, reposaba una urna verde oscuro.

   Begoña había accedido a marcharse a casa, no sin antes insistir en la inconveniencia de que Cecilia se quedara sola. Sobre los muebles del salón había caído el polvo de varias semanas y se respiraba en la habitación un cierto efluvio a vivienda vacía que el humo del primer cigarrillo no disipaba aún. Hasta los ceniceros tenían sobre el cristal una leve pátina de polvo blanquecino y Cecilia temió el abrazo de las sábanas refrigeradas por la ausencia de varias noche. Fue hacia el armario descalzándose por el camino, tomó del armario una manta de viaje y volvió para acurrucarse en el mismo sofá sin apagar la luz.

   Quizá el agotamiento le permitiera quedarse tan dormida por tres o cuaatro horas, pero después se sintió tan despierta que no pudo sino dar vueltas mientras las imágenes se le amontonaban ante los ojos. Venían primero sin orden ni concierto. Hugo y su madre sentados a la mesa en el cumpleaños de los gemelos, Hugo bailando con Begoña en Nochevieja, mamá llorando en el pasillo del tanatorio, Aura subiendo las escaleras del hospital...

   Aura. Había llegado pocos minutos tarde a la ceremonia llevando un ramo de lilium completamente inapropiado y exuberante, se había sentado al fondo como si de verdad quisiera pasar inadvertid, pero el intenso perfume de klas flores llenaba la sala haciendo girar la cabeza a cada uno de los asistentes. Luego salió la primera y esperó para besar a Cecilia y entregarle el ramo con cieto embarazo, pero ella actuó con tanta desenvoltura como cualquier otro día, así que tuvo que limitarse a decir que lo sentía y que hubiera preferido encontrársela en otra situación.

   -Yo no, querida. Gracias

   No. Cecilia hubiera querido no encontrarla nunca más, porque en el fondo le recordaba que una parte de sí misma no era ni tan fuerte ni tan sublime, sino tan ruin como cualquiera y se alegraba de verla allí, tan diminuta como en realidad era, lejos de su estatura fingida por los descomunales tacones, porque le recoraba que tampoco Hugo era absolutamente sublime e incorruptible y que en algún momento había preferido pasar un par de noches con aquella criatura predecible y vulgar en lugar de con cualquier otra, incluso con la propia Cecilia. Ni siquiera había sentido celos, sino una suerte de decepción que la despegó de la ensoñación de nueve años y la volvió racional. No, ni siquiera Hugo, su Hugo, su objetivo y su fin, era capaz de ser sublime sin interrupción.

   Pasarían luego muchos años de otra complicidad hasta que Hugo se sintiera mal y fuera preciso cuidarlo de aquel modo. Cecilia casi se había tambaleado al escuchar por boca del doctor lo que les aguardaba, pero una vez más se había mantenido entera y él pudo cobijarse en ella como los primeros días, cuando todo era pequeño y remoto a su alrededor. Cecilia se había sentido en una nube las primeras semanas tras el diagnóstico. hasta le parecía que todo aquello era exagerado, pero luego todo corrió demasiado, sin darle ocasión de situarse...

   Se incorporó para mirar la hora y prepararse un café. El intenso perfume en la cocina le devolvió el asunto a la memoria, sobre la encimera, los lilium puestos en agua por Begoña con todo esmero habían dejado un rastro dorado de polen al ajarse.

   -Habría sido una tontería quemarlos- dijo Begoña.
   -Sí. A Hugo no le gustaban los perfumes intensos.

   Definitivamente, aquella última ostentación ponía las cosas en su lugar. Quizá había sido necesario que se encontraran una vez más para que pudiera desprenderse de Hugo, para que volviera a saber que él era imperfecto y vulnerable.

   Pasó al baño para recomponerse un poco, se colocó sobre los hombros una rebeca oscura, arrojó las flores a la basura y abrió las ventanas. Bajó por las escaleras para alargar solo un poco más el momento y cruzó la calle en dirección al parque. En el parterre, solo a unos metros de los alerces aún jóvenes abrió un agujero embarrándose las manos y las rodillas y dejó en él la urna.

   -Puedo vivir sin ti, pero solo un poco.

   Lanzó un beso con la mano y un poco del barro le quedó en la barbilla. Volvió a casa despacio, ssaboreando la mañana. Serían las nueve.

 

 

 

                                                   


Perfume. I

   ...Y se quedó clavada ante el espejo por tiempo incontable, como si nunca más debiera despegarse de allí, sin ver apenas el reflejo cansino que aquel pedazo de azogue y óxido le devolvía, pero sin apartar la mirada. Las lágrimas caían rostro abajo con un caudal que aparentaba inagotable. Luego se hizo el silencio y pareció que todo hubiera terminado, pero seguía allí y allí seguían las lágrimas, el espejo ajado y su rostro marchito sobre el que la pintura maltratada había dibujado dos alargadas sombras verdiazules. Aún podía llorar por muchas horas.

   Después, muchos días después, recordaría apenas cómo había abierto la puerta de la calle y había tirado el bolso en el sofá, cómo había retirado el lazo del cabello y se había metido en el cuarto de baño. Nada de todo aquello tenía importancia. No tenía importancia que el mundo hubiera desaparecido bajo sus pies definitivamente o que acaso sonara el teléfono mientras ella se consumía en su derrota más plena.

   Aunque quisiera no acertaba a saber qué sucedió minutos después, ni por qué extraña razón estaba allí Begoña, con su eficacia puesta como un uniforme de trabajo, ordenándolo todo alrededor, hablándole de cosas que no importaban nada, que no alcanzaban a sacarla del abismo en que parecía sumida. Begoña disponía con certeza, dirigiéndole miradas que acaso buscaban su aquiescencia, pero que rápidamente se alejaban hacia la cocina, hacia el teléfono o al baño, al dormitorio...

   -Tú solo tienes que descansar-decía Begoña- han sido días muy duros

   Solo descansar y recuperarse de un tópico duro trance. En alguna manera, mientras escuchaba a lo lejos la voz de la amiga, sentía que ella misma habría recomendado idéntica receta para la situación, pero sabía, desde el centro mismo de sus entrañas, que la manida recomendación era la más inoportuna. No tenía que descansar, muy al contrario, cansarse hasta la extenuación en tareas cualesquiera, fatigarse hasta el sueño para no pensar, para no percibir que estaba sola. No en la soledad cómoda y tantas veces añorada, sino en la soledad que olía a definitiva mientras su abrazo iba envolviéndole los miembros con un frío que nacía de dentro, no de la piel y sus millares de terminales nerviosos, sino del centro mismo de su vientre, de la línea curvada de sus vértebras, de algún lugar así.

   Begoña había acudido en auxilio de la amiga como acuden las religiosas al auxilio del indigente, con una mezcla de vocación e imperativo moral ineludible, como habría acudido ella en situación inversa. Y en la confianza que daban  los treinta años de charleta diaria y los quince más de conocerse desde el parvulario, con la casi hermandad que renaciera en ambas desde que se supo de la enfermedad sin retroceso de Hugo, Begoña disponía del espacio a su alrededor como una eficiente ama de llaves a la que nadie había contratado.

   Cecilia se sintió un tanto malvada por aquel pensamiento, pero no tenía energías para arrepentirse, porque después de todo era la criatura más desdichada del planeta, la más digna de compasión, la más herida...

   -No te preocupes por eso. Ya lo organizaré yo misma en cuanto me centre un poco, de verdad-mintió sabiendo a ciencia cierta que le importaba un bledo centrarse ni organizar nada.

   Algunas semanas atrás, cuando de verdad comenzó todo, Cecilia se persuadió a sí misma de que podría también con aquello. A fin de cuentas, siempre le había faltado respaldo en todo lo referido a Hugo. Él sencillamente no encajaba. No encajaba en su mundo de universitarios venidos a más, ni en su familia de nobles castellanos venidos a menos, ni en los mil y un círculos amenamente viciosos en que desenvolvía su discurrir diario, pero ella siempre había podido continuar, incluso había sentido que sostener aquella relación le confería un hálito de misteriosa transgresión que le permitía seguir siendo centro de atención. Sacaba energía de todos aquellos murmullos y guiños a su paso como la sacaba del propio Hugo, de sus carantoñas, de sus besos, de la intensidad de sus encuentros. No necesitaba nada más.

   Pero sucedió que Hugo estuvo demasiado enfermo demasiado rápido. El mal avanzaba a una velocidad inaudita que Cecilia y los médicos sólo acertaban a admirar. Probablemente se hubieran quedado boquiabiertos si la profesionalidad no les hubiera impuesto un cierto porte. Cecilia se vio bien pronto pasando noches en vela, ajustando la mascarilla del oxígeno a aquella cara sin curvas, a aquel puro ángulo y ojera que no era ya el rostro de su hombre, avisando a la auxiliar para que repusieran las bolsas de suero o revisaran la bomba de la morfina.

Cuando el borboteo del gas lo permitía, Cecilia se atrevía a una reflexión o a algún recuerdo, pero enseguida Hugo, sonando con un quejido indescifrable, o alguna entrada de personal volvían a traerla a este lado. Dormitaba en ocasiones o atendía el móvil, que siempre sonaba inoportuno.

-Mañana vendrá mi madre. Ha llamado hace un rato.

Le hablaba como si todavía pudiera importarle cualquier información, como si pudiera servirle conocer una agenda que los demás establecían. le hablaba acaso para sentir mejor que seguía vivo. Luego se horrorizó al pensar que todo debería acabar cuanto antes, al sentir que deseaba el final.

-No podemos más, cariño. No podemos ninguno de los dos.

Al tomar su mano percibió la suavidad marchita del cadáver que ya era Hugo. Dentro seguía la vida en forma de fiebre. Aquello que había sido su amante continuaba bajo la piel peleando hasta el ardor y tuvo que excusarse con él, darle explicaciones por su mal pensamiento. Aquellas fueron las primeras lágrimas
                                                                                            Continuará