NO HAY MANERA


Pobre Fidel, no entiendes nada. Nunca entendías nada. Carmen se encerraba en su cuarto y atrancaba la puerta y tú a esperar, siempre a esperar que acabase lo que fuera. ¿Qué sabías tú, pobre bruto?
No hombre, no, no llores. Los hombres no lloran y tú eres un hombre, que bien te lo ha repetido ella cuando ha venido a pelo. A veces te parecía que casi lo hacía con rabia o con asco, otras veces preferías no pensarlo… Y es que duele tanto escucharle a ella que por qué crees tú si no que tienes eso colgando y reírse luego como una mala bruja, con esa risa congelante que cada vez se hace más aterradora.
   Has pasado la noche en vela, oyéndola reírse como anoche, oyéndola como si toda la habitación fuera tu propia cabeza, retumbando y adquiriendo ecos siniestros mientras te tapabas la cabeza con la manta. No has llamado para pedir otra, aunque no soportabas el frío, sabías bien que la temperatura no te fallaba sino por dentro…
   De todas formas la presencia de los celadores te hubiera distraído un rato-¿Quién te lo iba a decir, verdad?- Esta mañana eran esos mismos los que asustaban tan grandes, tan blancos, tan ásperos, forcejeando contigo como si pensaran que ibas a resistirte al sedante… Si tuú lo que quieres es descansar, poder relajar ese cuerpo agarrotado desde siempre y permitir que fluya la sangre por las venas como un río feliz y satisfecho, olvidar el tortuoso trazado de tus miembros , que desmienten todo canon estético.  A veces logras una postura cómoda y te pasas horas inmóvil, hasta que no soportas el hormigueo de los pocos músculos útiles.
   Carmen también te afeaba eso. Te llamaba estorbo, te pellizcaba y salía refunfuñando de la alcoba dando un portazo. Tan distinto ese pellizco del dulce pellizquito de mamá…No, no lo has olvidado… Ella volvía elásticas tus piernas, armoniosos tus brazos, con esa voz desgastada por el llanto. Porque tú la has oído llorar al creerte dormido diciendo muy bajito mi niño, mi niñito tullido… y pasando sus dedos diminutos por tu pecho cargado de estertores.
   Mamá tenía esa dulzura empalagosa de quien se cree insuficiente. Pero era tan hermoso sentirla en el silencio de la noche, acomodando aún el embozo ya perfecto de tu cama, mulléndote la almohada por enésima vez hasta extenuarse en tu cuidado.
   Carmen no es mala, pero son muchos años ya con la carga, porque eres una carga, Fidel, eso sí que lo entiendes. ¿De qué te sirve andar balanceándote de lado a lado por las aceras con los pies grotescamente torcidos y los brazos penduleando en  inútil compás? ¿De qué te sirve tu fuerza desmañada si precisas más de quince minutos para abrirte la puerta con la llave?... No, Carmen no es que sea mala, es que se cansó y por eso le vino todo.

   Le llevas doce años, a ella se le ha pasado la juventud entre cuatro paredes y un techo como quien dice, porque salir a fregar suelos ajenos o a comprar no es salir y, claro, eso le va envenenando el ánimo, haciendo huraño a cualquiera.

   Estás muy cansado, pero es imposible descansar, además te han dicho que vendrá alguien a verte y no quieres que cualquiera pueda encontrarte roncando como una mala bestia, que ni eso puedes evitar…

   No habías cargado tanto en tu vida… Ignacia, la del tercero, se pueso a gritar cuando os vió en la escalera y no sirvió de nada, pero por lo menos acabaron llegando los de la policía municipal y se ocuparon de todo.
   Si supieras al menos por qué… Alguien ha dicho que estás loco, pero tú sabes bien que no has tenido más remedio. Aún sientes su olor penetrando por todos tus poros, como si no te hubieran lavado de arriba abajo y cambiado todas tus ropas por ese pijama de algodón descolorido y escueto…La herida de la ingle te molesta, aunque es más grave la del cuello…¡Qué más da ahora!
   Si lo difícil es explicarlo todo. A ver ¿Cómo vas a contarlo si tienes la lengua paralizada?... Cuando la del segundo ha dicho que eras sordomudo te ha costado hora y media que comprendiesen que oyes perfectamente… Y está lo de las manos también, que apenas puedes firmar, aunque Carmen se empeñara en enseñarte por lo de la pensión, la pobre… Ya ves de lo que sirve.
   Nunca habías tenido tanto miedo ¡Qué paradoja! Tú, que atemorizas con tus cejas espesas, tan corpulento y con esa voz inservible que casi ni tu sabes tolerar…

   Carmen cada vez estaba más insoportable
-¡Deja de perseguirme- gritaba al acercártele
-¡No me mires así, me repugnas!
   Cada vez más insoportable, porque también se ponía pesada con sus suspiros nocturnos y esos gestos despavoridos con que recorría la casa… Acaso te hubieras habituado. Ella se acostumbró también a tus dificultades, pobre… Si, Carmen te daba mucha pena hasta ese momento… A veces te acercabas con un aullido lastimero para acariciarla y hacerle saber tu compasión, pero ella era arisca como un gato silvestre, lo había sido siempre.
   Mamá era otra cosa, aunque tampoco ella comprendía los roncos gorgoteos con que le regalabas y siempre suponía que querías otra carantoña o un arrumaco, que ella te brindaba complacida ¿Cómo ibas tú a desengañarla?...”Mi niño, mi niñito tullido…”

   Hace ya mucho rato que esperas. Si lograras dormirte en silencio…Pero si cierras los ojos…Si los cierras sucederá de nuevo. Ya no aguantarías tanto horror… Dios, cómo pesaba Carmen escaleras abajo, luego para nada, para nada… Porque no te lo han dicho aún, pero tu sabes que no sirvió de nada.
   Vuelves a sentir frío, pero no es como anoche. Anoche era su risa extravagante la que te impedía entrar en calor…Si supieras por qué se reía de aquel modo…Si supieras por qué llego a decirte todas aquellas atrocidades…
   No, no vas a pensar más, no vas a recordar cómo su cuerpecito se estremecía en tu arazo salvaje y aterrado hasta aflojarse para siempre igual que un pelele roto…

   Carmen no era mala, no podía serlo. Se ha pasado quince años cuidándote, desde que se os murió mamá, bien lo sabes. Estaría cansada, seguro.
   ¿Y ahora qué? ¿A quién vas a explicarle todo esto, Fidel? Ella estaba cambiándose, con el tirante de la enagua cayéndole del hombro y la falda a los pies, aún era bonita, la pobre, si no viviera tan amargada… Tú tampoco eres malo, Fidel. Tú no tienes la culpa de tu apariencia atroz, pero seguro que pagarás por ella, seguro.
   Al fin estás llorando…Sí, puedes llorar, es casi lo único que te queda, lo único que puedes hacer.

   ¿Cómo? ¿Cómo vas a explicarlo? Si al menos supieras por qué… Si te fuera tan fácil como la lectura… Eso si te aliviaría ahora. Te encanta leer. Te leías todos esos mundos que estaban vedados  a quienes como tú precisan de los demás para casi todas sus necesidades, y esos mundos asequibles que engrandecían los autores…Leías todo y todo te gustaba, pero si se fundía la bombilla tenías que llamarla para que la cambiase…

   …Habías abierto la puerta del cuarto para pedírselo y ella estaba a la izquierda de la cama, tan pálida que casi te pareció de cera, pero cómo le explicas a nadie que no querías dañarla, que eras tú quien se defendía porque ella se te había ido encima blandiendo las tijeras, que tú solo procurabas pararla en medio de aquellos gritos.
-¡Cerdo, cerdo!¡Cómo lo sabía yo!...¡No respetas ni a tu hermana! ¡Tu hermana! ¡No voy a consentirlo, monstruo!... Luego vino aquella risotada espantosa y mientras tratabas de comprender, las tijeras clavándosete  por todas partes y Carmen riendo a carcajadas ¡Monstruo, monstruo!

   Pero ahora ya no importa ¿Cómo van a comprender que Carmen, tu Carmen, había ido enloqueciendo se en aquella tarea fatigosa y aislada? ¿Cómo vas a explicar que tú tampoco entiendes de dónde sacó la idea de que querías violarla? ¿Sería por las cosas de la tele?¿Cómo vas a contar que la arrastrabas en busca de ayuda mientras tu propia vida se escapaba a tijeretazos? No, Fidel, ya lo sabes, no hay manera de explicarle a la gente ciertas cosas.