Estadísticas

Nota previa: Este texto fue publicado hace muchos años, pero una conversación reciente me anima a rescatarlo.

Llevaba desde mayo planeando sus vacaciones, qué haría y qué dejaría de hacer. Lo de menos era la playa. Pensaba en ello, se llenaba de un sabor infantil a polo de naranja que le ayudaba a completar el trabajo. Aquellos treinta días se ofrecían como un cuerpo desnudo y habitable, como un hermoso sueño al amparo de las estrellas fugaces.

Cuando junio empezó a ser un crepitar de fuego en los cristales de la oficina, casi añoró el olor de tierra mojada y el aparato eléctrico con que agosto solía poblar las tardes más notables. Pensaba entonces en cómo disfrutaría de los paseos sobre la arena húmeda de los caminos; por las huertas podrían verse frutas caídas por el acoso e la tormenta y las higueras empezarían a ser promesa de dulzuras inexplicables.

Sí, se decía, puedo hacer lo que no tengo valor para hacer en abril, lo que no tengo tiempo de hacer en diciembre...

Podría incluso tener un amor, uno de esos amores refrescantes y breves, como el gusto eficaz de una rodaja de sandía tras la siesta, uno de esos amores que aletean ante los ojos un momento, igual que mariposas de la col; si su vuelo se prolongase mucho tiempo, se haría monótono, si se abreviara sería inapreciable. Tendría un amor justo, medido en la intuición del cocinero experto, dorado en el preciso fuego de una locura que se sabe ocasional pero se sueña eterna... Sí, tendría su amor de verano, descansaría de sí mismo.

Lo contaban a menudo en películas y baladas y hasta en el argumento de ciertas novelas, por eso le extrañaba que él, tan normal para todo, no pudiese contar una experiencia parecida. Seguramente, se dijo, porque le faltó el valor en el momento preciso.

Desde mediados de julio estuvo deleitándose en el menguar del calendario, como si aquel fluir de hojas desechadas le acercara al paraíso.

El último día apenas comió, nervioso igual que un niño que aguarda el recreo, luego se despidió de los compañeros, casi volviendo a ser humano...

Por eso si no vuelve, o se retrasa más de lo prudente, preferiré pensar que su amor se prolonga en el otoño, a salvo del incendio forestal y de las curvas de la autovía. No vengan a contarme los quinientos muertos de la temporada ni las cienmil hectáreas calcinadas.

¿Por qué no se elaboran estadísticas de amores de verano?