...Y se quedó clavada ante el espejo por tiempo incontable, como si nunca más debiera despegarse de allí, sin ver apenas el reflejo cansino que aquel pedazo de azogue y óxido le devolvía, pero sin apartar la mirada. Las lágrimas caían rostro abajo con un caudal que aparentaba inagotable. Luego se hizo el silencio y pareció que todo hubiera terminado, pero seguía allí y allí seguían las lágrimas, el espejo ajado y su rostro marchito sobre el que la pintura maltratada había dibujado dos alargadas sombras verdiazules. Aún podía llorar por muchas horas.
Después, muchos días después, recordaría apenas cómo había abierto la puerta de la calle y había tirado el bolso en el sofá, cómo había retirado el lazo del cabello y se había metido en el cuarto de baño. Nada de todo aquello tenía importancia. No tenía importancia que el mundo hubiera desaparecido bajo sus pies definitivamente o que acaso sonara el teléfono mientras ella se consumía en su derrota más plena.
Aunque quisiera no acertaba a saber qué sucedió minutos después, ni por qué extraña razón estaba allí Begoña, con su eficacia puesta como un uniforme de trabajo, ordenándolo todo alrededor, hablándole de cosas que no importaban nada, que no alcanzaban a sacarla del abismo en que parecía sumida. Begoña disponía con certeza, dirigiéndole miradas que acaso buscaban su aquiescencia, pero que rápidamente se alejaban hacia la cocina, hacia el teléfono o al baño, al dormitorio...
-Tú solo tienes que descansar-decía Begoña- han sido días muy duros
Solo descansar y recuperarse de un tópico duro trance. En alguna manera, mientras escuchaba a lo lejos la voz de la amiga, sentía que ella misma habría recomendado idéntica receta para la situación, pero sabía, desde el centro mismo de sus entrañas, que la manida recomendación era la más inoportuna. No tenía que descansar, muy al contrario, cansarse hasta la extenuación en tareas cualesquiera, fatigarse hasta el sueño para no pensar, para no percibir que estaba sola. No en la soledad cómoda y tantas veces añorada, sino en la soledad que olía a definitiva mientras su abrazo iba envolviéndole los miembros con un frío que nacía de dentro, no de la piel y sus millares de terminales nerviosos, sino del centro mismo de su vientre, de la línea curvada de sus vértebras, de algún lugar así.
Begoña había acudido en auxilio de la amiga como acuden las religiosas al auxilio del indigente, con una mezcla de vocación e imperativo moral ineludible, como habría acudido ella en situación inversa. Y en la confianza que daban los treinta años de charleta diaria y los quince más de conocerse desde el parvulario, con la casi hermandad que renaciera en ambas desde que se supo de la enfermedad sin retroceso de Hugo, Begoña disponía del espacio a su alrededor como una eficiente ama de llaves a la que nadie había contratado.
Cecilia se sintió un tanto malvada por aquel pensamiento, pero no tenía energías para arrepentirse, porque después de todo era la criatura más desdichada del planeta, la más digna de compasión, la más herida...
-No te preocupes por eso. Ya lo organizaré yo misma en cuanto me centre un poco, de verdad-mintió sabiendo a ciencia cierta que le importaba un bledo centrarse ni organizar nada.
Algunas semanas atrás, cuando de verdad comenzó todo, Cecilia se persuadió a sí misma de que podría también con aquello. A fin de cuentas, siempre le había faltado respaldo en todo lo referido a Hugo. Él sencillamente no encajaba. No encajaba en su mundo de universitarios venidos a más, ni en su familia de nobles castellanos venidos a menos, ni en los mil y un círculos amenamente viciosos en que desenvolvía su discurrir diario, pero ella siempre había podido continuar, incluso había sentido que sostener aquella relación le confería un hálito de misteriosa transgresión que le permitía seguir siendo centro de atención. Sacaba energía de todos aquellos murmullos y guiños a su paso como la sacaba del propio Hugo, de sus carantoñas, de sus besos, de la intensidad de sus encuentros. No necesitaba nada más.
Pero sucedió que Hugo estuvo demasiado enfermo demasiado rápido. El mal avanzaba a una velocidad inaudita que Cecilia y los médicos sólo acertaban a admirar. Probablemente se hubieran quedado boquiabiertos si la profesionalidad no les hubiera impuesto un cierto porte. Cecilia se vio bien pronto pasando noches en vela, ajustando la mascarilla del oxígeno a aquella cara sin curvas, a aquel puro ángulo y ojera que no era ya el rostro de su hombre, avisando a la auxiliar para que repusieran las bolsas de suero o revisaran la bomba de la morfina.
Cuando el borboteo del gas lo permitía, Cecilia se atrevía a una reflexión o a algún recuerdo, pero enseguida Hugo, sonando con un quejido indescifrable, o alguna entrada de personal volvían a traerla a este lado. Dormitaba en ocasiones o atendía el móvil, que siempre sonaba inoportuno.
-Mañana vendrá mi madre. Ha llamado hace un rato.
Le hablaba como si todavía pudiera importarle cualquier información, como si pudiera servirle conocer una agenda que los demás establecían. le hablaba acaso para sentir mejor que seguía vivo. Luego se horrorizó al pensar que todo debería acabar cuanto antes, al sentir que deseaba el final.
-No podemos más, cariño. No podemos ninguno de los dos.
Al tomar su mano percibió la suavidad marchita del cadáver que ya era Hugo. Dentro seguía la vida en forma de fiebre. Aquello que había sido su amante continuaba bajo la piel peleando hasta el ardor y tuvo que excusarse con él, darle explicaciones por su mal pensamiento. Aquellas fueron las primeras lágrimas
Continuará