Los días sin embargo no eran suyos. La habitación se llenaba de visitas que acudían como dando cumplimiento a un deber sagrado en el que nunca hubieran creído, como tantos católicos van a sus misas dominicales. Hoy toca. Y tocaba primo Hugo, cuñado Hugo, vecino Hugo... Y saturaban el aire de la habitación con sus perfumes de día de la madre en El Corte Inglés y sus conversaciones inoportunas que versaban siempre sobre dos cuestiones a saber, una el hay que ver este muchacho con lo que ha sido, pobrecito mío y otra siempre, inevitablemente, alguien que preguntara en un susurro no lo bastante sordo
-Ya no oye ¿verdad?
Cecilia sacudía la cabeza sin ganas, sin decir ni sí ni no. No recordaba que en ningún momento se hubiese atribuído a la morfina ni a las lesiones hepáticas la capacidad de limitar la audición, ni tampoco le parecía que en mitad de aquella feria de muestras pudiera ser más doloroso para Hugo escuchar comentarios sobre su mal aspecto que no escuchar ningún comentario sobre él.
Algunos tenían la prudencia de sacarla al pasillo para luego decirle si tenía ya todo preparado, y en ese todo se incluían entierro, propiedades y otra decena de decisiones que, desde luego, Cecilia no quería tomar.
-Ya sabes que luego, con las prisas de última hora siempre quedan flecos y alguno se aprovecha.
Afortunadamente, no había sucedido igual cuando su padre. Entonces habían podido estar los cuatro hermanos solos en torno a mamá, pero ese era un recuerdo viejo, demasiado gastado durante muchos años para servirle ahora. La hora de las visitas pasaba a ser, un día más, la dolorosa constatación de que Hugo le importaba un carajo a cualquiera que no fuera ella.
Hacía frío el día en que murió. estaba anocheciendo y, acaso por fortuna salió al cuarto de aseo dejando a una enfermera alerta.
-Tengo que salir un segundo, cariño, vengo ahora mismo-Le apretó la mano exangüe y luego salió.
Al regrear supo que había tardado demasiado, o quizá no, quizá se había demorado lo suficiente para no asistir con sus propios ojos a la primera y única derrota absoluta de aquel hombre al que todavía podía sentir suyo por unos instantes.
Fuera había comenzado a caer un aguanieve mansa y engañosa que aparentaba paz pero taladraba hasta el alma como manojos de agujas sobre la piel. Comenzó a marcar teléfonos y enseguida tuvo organizadas las cuestiones urgentes. Cecilia podía siempre con todo y esto no tenía porqué ser una excepción.
Sin embargo, ya durante la noche comenzó a sentir que sería demasiado, que no podría soportar volver a casa sin él, aunque llevara haciéndolo varias semanas. Peor aún, que no soportaría llevárselo en aquella urna verde oscuro que siempre elegían las empresas funerarias. Comenzó a llorar por segunda vez mientras procuraba evitar que le cayeran los mocos sobre el vestido gris marengo y tan solo paró cuando los ojos eran puro fuego.
-Deberías dormir un rato-dijo alguien- A esta hora no vendrá mucha gente, además está ya tu cuñado.
Sabía que no conseguiría dormir. Se puso en pie porque entraba un funcionario a informarles de que cerrarían el edificio.
-Si quieren pueden volver ustedes mañana a las siete que es cuando abrimos.
Y dejó allí a Hugo, que ya no era su Hugo, su objetivo y su fin, sino apenas un rastro macilento de cuanto había amado. Fue demasiado sencillo, abrumadoramente sencillo despegarse de allí.
El velatorio resultó como esperaba, así que pudo actuar con la suficiente corrección y no echar de allí a toido el mundo como había imaginado en sus delirios. Todos tuvieron la prudencia de noi decir demasiado y ella tuvo la justa para no callar en exceso. Todo ajustado a un guión no escrito, pero que le permitió seguir adelante unas horas más, sumergida en la representación de su propia cordura, lo que esperaban todos ya que, después de todo, Cecilia nunca había sido una insensata.
O acaso sí, acaso una única vez lo fue. Se había permitido serlo dejándolo todo, incluso sus estudios y su gente para emparejarse con aquel personaje de nombre singular e historia impronunciable que había conocido pocos días antes en unos grandes almacenes. Así, sin más, lanzándose al vacío que solo ella no veía se amancebó con Hugo por espacio de quince años. Aunque luego le permitieran hacer las paces a su modo con casi todo lo que quedara atrás, con casi todo lo que carecía de importancia.
Con Hugo había definido otros valores y otras actitudes, se había permitido lujos que no se pagaban con dinero y se había prohibido caer en la tentación de la decencia. Se habí, en fin, perdido para siempre.
Sentada aún en el sofá, con el vestido de lana arrugado, el pelo suelto y la cara llena aún de chorretes pensó por vez primera con coherencia en todo aquello y se aterrorizó. Quedaba por delante toda una noche, docenas, cientos de noches. Sobre la mesa, sin destino aún, reposaba una urna verde oscuro.
Begoña había accedido a marcharse a casa, no sin antes insistir en la inconveniencia de que Cecilia se quedara sola. Sobre los muebles del salón había caído el polvo de varias semanas y se respiraba en la habitación un cierto efluvio a vivienda vacía que el humo del primer cigarrillo no disipaba aún. Hasta los ceniceros tenían sobre el cristal una leve pátina de polvo blanquecino y Cecilia temió el abrazo de las sábanas refrigeradas por la ausencia de varias noche. Fue hacia el armario descalzándose por el camino, tomó del armario una manta de viaje y volvió para acurrucarse en el mismo sofá sin apagar la luz.
Quizá el agotamiento le permitiera quedarse tan dormida por tres o cuaatro horas, pero después se sintió tan despierta que no pudo sino dar vueltas mientras las imágenes se le amontonaban ante los ojos. Venían primero sin orden ni concierto. Hugo y su madre sentados a la mesa en el cumpleaños de los gemelos, Hugo bailando con Begoña en Nochevieja, mamá llorando en el pasillo del tanatorio, Aura subiendo las escaleras del hospital...
Aura. Había llegado pocos minutos tarde a la ceremonia llevando un ramo de lilium completamente inapropiado y exuberante, se había sentado al fondo como si de verdad quisiera pasar inadvertid, pero el intenso perfume de klas flores llenaba la sala haciendo girar la cabeza a cada uno de los asistentes. Luego salió la primera y esperó para besar a Cecilia y entregarle el ramo con cieto embarazo, pero ella actuó con tanta desenvoltura como cualquier otro día, así que tuvo que limitarse a decir que lo sentía y que hubiera preferido encontrársela en otra situación.
-Yo no, querida. Gracias
No. Cecilia hubiera querido no encontrarla nunca más, porque en el fondo le recordaba que una parte de sí misma no era ni tan fuerte ni tan sublime, sino tan ruin como cualquiera y se alegraba de verla allí, tan diminuta como en realidad era, lejos de su estatura fingida por los descomunales tacones, porque le recoraba que tampoco Hugo era absolutamente sublime e incorruptible y que en algún momento había preferido pasar un par de noches con aquella criatura predecible y vulgar en lugar de con cualquier otra, incluso con la propia Cecilia. Ni siquiera había sentido celos, sino una suerte de decepción que la despegó de la ensoñación de nueve años y la volvió racional. No, ni siquiera Hugo, su Hugo, su objetivo y su fin, era capaz de ser sublime sin interrupción.
Pasarían luego muchos años de otra complicidad hasta que Hugo se sintiera mal y fuera preciso cuidarlo de aquel modo. Cecilia casi se había tambaleado al escuchar por boca del doctor lo que les aguardaba, pero una vez más se había mantenido entera y él pudo cobijarse en ella como los primeros días, cuando todo era pequeño y remoto a su alrededor. Cecilia se había sentido en una nube las primeras semanas tras el diagnóstico. hasta le parecía que todo aquello era exagerado, pero luego todo corrió demasiado, sin darle ocasión de situarse...
Se incorporó para mirar la hora y prepararse un café. El intenso perfume en la cocina le devolvió el asunto a la memoria, sobre la encimera, los lilium puestos en agua por Begoña con todo esmero habían dejado un rastro dorado de polen al ajarse.
-Habría sido una tontería quemarlos- dijo Begoña.
-Sí. A Hugo no le gustaban los perfumes intensos.
Definitivamente, aquella última ostentación ponía las cosas en su lugar. Quizá había sido necesario que se encontraran una vez más para que pudiera desprenderse de Hugo, para que volviera a saber que él era imperfecto y vulnerable.
Pasó al baño para recomponerse un poco, se colocó sobre los hombros una rebeca oscura, arrojó las flores a la basura y abrió las ventanas. Bajó por las escaleras para alargar solo un poco más el momento y cruzó la calle en dirección al parque. En el parterre, solo a unos metros de los alerces aún jóvenes abrió un agujero embarrándose las manos y las rodillas y dejó en él la urna.
-Puedo vivir sin ti, pero solo un poco.
Lanzó un beso con la mano y un poco del barro le quedó en la barbilla. Volvió a casa despacio, ssaboreando la mañana. Serían las nueve.