Barranco abajo
-Niño Antón no le hacía recados a su madre como otros niños
-Igual es que tú no lo veías.
-Hazme caso, que sé lo que te estoy contando.
Niño Antón faltaba mucho a la escuela y la maestra nueva se presentó en la casa para hablar con sus padres. Solo encontró a una abuela, medio sorda y casi ciega, sentada en una mecedora ante la puerta. La maestra tuvo que levantar mucho la voz y entonces Antón, que estaba dentro, contestó por la rendija de la ventana.
-Mi madre no está. Vendrá luego, sobre las nueve
-Pues dile que tengo que hablarle. No puedes seguir faltando tanto, os voy a tener que denunciar.
Niño Antón sabe que la denuncia es lo de menos y sigue a lo suyo, preparando la cena que comerán él y la abuela Flavia dentro de un rato. No le va a decir nada a su madre, porque la madre del niño Antón no va a venir sobre las nueve, ni en muchos, muchísimos días. Ha mentido. La maestra nueva ha obrado por el impulso de joven novata y no se ha preparado el asunto, no tiene ni idea de muchas cosas. Tampoco importa demasiado.
Cuando niño Antón sí iba a la escuela, a la otra escuela, también faltaba mucho.
Mientras niño Antón cena, va repasando cosas del día siguiente. Si toca tender ropa, si es jueves, si tiene que cambiarle las sayas a la abuela Flavia...
La abuela Flavia, como no oía apenas y tampoco veía mucho, pedía todo a voces.
-Niño llévame a la cama
-Niño traeme el botijo
-Niño
Niño Antón ya no se apresuraba como al principio. Sabía que no era urgencia, sino una forma de asegurarse. Él seguía su ritmo.
Niño Antón casi nunca duerme del tirón. Algunas pesadillas no se ahuyentan encendiendo la luz. Algunas pesadillas se quedan con uno, se acomodan y siguen ahí para siempre, como un cónyuge interesado.
La abuela Flavia duerme a veces de día. Debe ser aburrido no ver ni oir del mundo casi nada y es mejor sestear, o a lo mejor tampoco duerme bien por las noches. Uno no sabe. A veces en sus siestas, la abuela Flavia habla sin gritos, como sin saber que niño Antón puede escucharla
-Mi chico no se merecía esto
Niño Antón no dice nada. Cuando la abuela Flavia está despierta, tampoco dice mucho. Niño Antón y la abuela Flavia hablan muy poco, diría que lo justo.
Cada jueves, niño Antón agarra a la abuela del brazo y sube con ella a un autobús para ir a ver a su madre. El día siguiente a la visita de la maestra, medio riendo, le contó que tenía maestra nueva y que quería verla.
-Pues que venga- - contestó madre con cierta sorna. Y luego cambió la cara, exhaló un discreto gemido y le llamó de nuevo como solo ella sabía hacerlo sin herirle.
Mamá apenas sonreía, pero lo hacía muy bien.
Cuando Niño Antón sale a la calle, se pone una sudadera oscura, bastante raída, que le queda muy grande. Siempre lleva la capucha subida y cerrada hasta las cejas, aunque esté casi en junio y el calor apriete. Cuando visita a su madre tiene que descubrirse, entonces no le importa, sabe que es la única forma de que le dejen pasar, pero el resto del tiempo, no hay modo.
Hace ya mucho tiempo que el niño Antón cogió la costumbre de taparse. Al principio no era rutina diaria. Algunas veces, cuando no faltaba a la escuela, aparecía en clase con aquella ropa. Mediando marzo uno de los chicos quiso bajarle la capucha durante el recreo y el niño Antón se lió a sopapos con una mezcla de furia, dolor y llanto que no había manera de parar. Lo expulsaron por una semana, pero tardó más en volver. Cuando regresó, trayendo de nuevo la capucha puesta, la maestra- la otra maestra- le dijo que se destapara, que era una falta de respeto estar cubierto en el aula y que si no había aprendido nada, pero niño Antón no hacía caso, ni siquiera respondía. La maestra lo mandó al pasillo para que reflexionara un tiempo. Cuando al cabo de un rato salió para buscarlo, el niño Antón se había vuelto a casa y ya no volvió ni a aquel aula, ni a aquella escuela, ni con aquella maestra.
Al final, el niño Antón acabó ingeniándoselas para sortear la escuela- todas las escuelas- hasta que tuvo edad para estudiar a distancia, fueron unos años trampeando, también fue trampeando para sacar dinero y ayudar a la abuela Flavia en sus cosas. Años más tarde, aprendió a usar el ordenador, consiguió uno de segunda mano y empezó a escribir y a andarse por las redes. Era una forma estupenda de llegar a todas partes sin descubrirse la cabeza- Nadie te lo pide- Al niño Antón le fue fácil elegir nick para sus cuentas y como tantos otros, usó una fecha por contraseña.
La abuela Flavia murió una mañana sin dar tarea. Antón había cogido el autobús- Desde que tuvo edad para hacerlo, prefería ir solo para ver a su madre- Cuando regreso a casa, solo tuvo que llamar a la compañía de los muertos y dar los datos. La abuela Flavia llevaba toda su vida pagando aquel recibo religiosamente. Hace años que nadie le llama a voces, nadie cerca de él comenta en sueños que el chico no merecía lo ocurrido.
Antón ya no es un niño. No se olvida las fechas, se acuerda de todo aquello como si fuera ayer, como si no hubieran pasado treinta años, o como si su abuela sorda y casi ciega pudiera sentarse delante de la puerta a mecerse esperando la cena. Por un momento, casi le parece verla venir caminando, meciéndose y escorada como un barco, pero es su madre la que se acerca con paso vivo, con los ojos sin lágrimas y una mano extendida que acaricia su cara metiéndole los dedos por debajo de la capucha.
-Vamos a casa, vámonos ahora mismo.
Antón está sentado ante el teclado, escribe nick y contraseña y mira de reojo al catre donde duerme su madre. Es la primera tarde que la tiene solo para él en demasiado tiempo. Antón ya no es un niño, pero aún recuerda perfectamente el siete de abril. Se volvió de la escuela antes de tiempo. No tenía nada que reflexionar en el pasillo. No quería destaparse la cabeza delante de toda la clase y que pudieran ver la brecha y el mechón rapado alrededor, ni contar que su padre le había marcado toda la espalda con la hebilla del cinturón. Le importaba bien poco que estuviera mal visto mantener la capucha dentro del aula. Había caminado con ansia de llegar a casa, aunque a trechos le venía la rabia y le daba patada a alguna piedra. Cuando llegó a la puerta, escuchó el alboroto de sobras conocido, abrió y se encontró con la cara congestionada de su padre que miraba sin acabar de comprender.
-¿Qué coño haces tú aquí? Maldita sea ¿Por qué no estás en la escuela?
-Me han echado otra vez
Y volvieron los gritos, los insultos, los golpes, el trastabillar y lanzar cosas y, entre las cosas, la botella mal tapada. Mamá no llegó a tiempo de evitarlo, pero le cogió al vuelo y salió corriendo con Antón en brazos para buscar un médico. Les dijeron que había tenido suerte, que salvaría los ojos, y el niño Antón se pasó unos días en el hospital. Mamá llegaba a verlo cada día, se sentaba a su lado y le cantaba cosas muy bajito o le colocaba las ropas. A veces le vencía el sueño y el niño Antón la veía así, por entre la gasa y las pomadas, medio borrosa aún, dormida y triste.
Una tarde, cuando faltaba poco para mandarlo a casa, le quitaron las vendas delante de mamá. Antón vió en la cara de su madre lo que tardaría en mirar por sí mismo en el espejo. Mamá, aguantando las lágrimas, le puso un beso en la frente y a niño Antón le sorprendió sentirlo tan distinto de como recordaba. Mamá se marchó a casa y la enfermera le tranquilizó diciéndole que ya quedaba muy poco. Los besos en la frente nunca volvieron a sentirse como antes.
Una vez en casa, mamá trituró seis pastillas de raticida, las echó en la garrafa del vino negro y peleón que bebía su hombre. Le dejó que bebiera sin reproche-estuvo a punto de servirse una ronda a su salud, pero le quedaban demasiadas cosas que arreglar- Se sentó a esperar y después fue al teléfono, llamó a la abuela Flavia para decirle que tendría que llevarse al chico durante una buena temporada, se guardó el carnet en el bolso, se puso una rebeca sobre los hombros y se llegó hasta el puesto de la guardia civil.
-Mi chico no se merecía esto.
-El mío menos, Flavia. El mío menos.
No cruzaron más frases hasta el juicio y niño Antón no volvió a ver a solas a su madre.
-Te van a decir que estoy loca, pero tú sabes que no
-No, madre. Yo sé que no.
-No podía dejar que te hiciera más daño. A ti no, mi niño
-Ya, madre, ya.
-Se te ha quedao la carita barrancosa
-No se preocupe madre, yo me tapo, ya sabe.
-Si yo no hubiera estao con el salfumán
-No es culpa suya, madre. No es culpa suya.
- Mi niño Antón...
Antón mira la cara de su madre mientras duerme. Casi una anciana, con el ceño un poco fruncido, como cuando la veía dormir en el hospital.
-Mi niño Antón, mi cara barrancosa -susurra medio adormilada la mujer incorporándose
-Ya está madre, ya está.
Y de pronto se arrasan los dos en lágrimas que no han llorado en más de tres décadas de cárcel y distancias...
En la pantalla ha saltado la alerta de un mensaje de chat
-¿Estás ahí “Carabarranco”? ¡Va hombre! Me dejaste a medias con el cuento del niño ese.