ÉL, QUE NO LLORABA NUNCA

   Un taconeo firme la anuncia. Hay una breve pausa y luego voces fuera. Se oyen claramente y , si uno atendiera, sabría claramente de qué hablan, pero no interesa. Son muchos días, muchas conversaciones que no evitan ser oídas, de idas y venidas cuyo destino se desconoce o se intuye vagamente...

   Él lo sabe. Es como las otras veces: al principio temor -tantas acompañantes nunca esperadas, nunca deseadas- Él querría quedarse así, igual que ahora, tendido boca arriba en ese colchón semiduro que es como el negativo de sus viejas curvas, que huele a él, aunque se ocupen de limpiar esos orines que a veces no consigue controlar, aunque lo volteen y se dejen medio litro de colonia entre sus muelles. Sí, querría quedarse quieto de verdad, callado de verdad, cerrar los ojos y no ver ni sentir nada que no fueran sus sueños, los viejos y queridos sueños... O no haber llegado hasta aquí...Si, eso hubiera sido lo mejor, no llegar, quedarse en una curva del camino con los sueños a cuestas, inacabados, pero con los pulsos firmes y los músculos útiles...

   -¡Vaya chaparrón que está cayendo!¿Cómo están mis chicos?
   -Llevan todo el día durmiendo los muy holgazanes. Míralos. Una panda de vagos.

   Parece que no ha hecho mucho caso de la auxiliar gorda, que rebosa por todas las pinzas de la bata. Se ha quitado la gabardina y está sacando del armario sus útiles de aseo.

   -A Pedro vinieron a verlo sus cuñadas del pueblo. Mira, mira como se alegra al recordar.

   Pedro es un pedacito de carne que se consume lenta, inexorablemente bajo los focos de la sala cinco. Quizá no se alegre, quizá solo le brillan los ojos porque hay una chica nueva a la que estudiar durante un par de tardes, hasta saberse su rutina de gestos y pausas, cada una de las etapas de ese horario que traerá marcado, seguro, ella como todas.

   Se coloca los guantes, saluda con una sonrisa apurada al viejo Enrique.

   -Vamos a ponerte guapo ¿Vale?

   ¿Cómo no va a valer? Está habituado, resignado a que hablen con él para convencerse a sí mismas de que no friegan un simple lavabo. Sabe que años atrás le hubiera repugnado el roce del látex en la piel. Ahora apenas lo siente, además es necesaria cierta asepsia ¿No es así como lo dicen ellas?
   Ella lo ha erguido con esfuerzo y desabotona el pijama con seguridad:Hay en los ojos del viejo un mínimo destello indescifrable.

   -¡Venga, venga! ¡Sé que puedes sostenerte un poquito! ¡No te tumbes, sé bueno conmigo!...Así, muy bien...Ahora por debajo...

   Ninguna sino su mujer lo vió desnudo. Recuerda...Ahora le parece que hay cientos, miles de ellas desvistiéndole, embadurnándole de jabón y embutiéndole en pijamas siempre demasiado pequeños para su corpachón de roble tronchado. Ella es la última, solo eso. Cierra los ojos dolorido. Aún no logra explicarse por qué duele tanto ese cuerpo insensible, ese cuerpo que estorba tanto cuando uno apenas sabe qué hacer con él ni como hacerlo.

   Alboroto, voces...Ella lo arropa y sale a ver.Él averigua en los gritos que una paciente de la sala contigua se ha caído de la cama. Reprimendas... Algunos compañeros son como niños irresponsables.Enrique no. Su orgullo quizá tiene menos culpa que esa maldita trombosis de hace tres años, cuando los hijos sintieron la obligación de aparcarle en algún sitio decente-en un buen sitio, claro, con cuidadora personal, claro-Todo está claro, al fin ellos no eligieron tener un padre viudo e inválido, no eligieron cargar a sus espaldas un viejo vasco saturado de inmóviles recuerdos-Cuando vuelve la chica a su lado le interroga mudamente y no sabe  decir ninguna de esas frases que tienen regusto a institutriz de serie B. Solo pasa la lengua por los labios resecos y asustados. Enrique piensa que quiza sea su primera vez y procura adivinar cómo va a ser mientras ella se coloca unas gafitas leves para leer los envases de medicamentos.

   -¡Vaya! ¡Eres un viejito achacoso!

   Ha oído tanto que no sabe entender por qué se sorprende, quizá por el temblor casi inaudible de la voz...Siempre fue un tipo seco. Los hijos le llamaban tarugo, viejo tarugo últimamente, cuando tanto discutían... Los hijos...Los hijos son como dentelladas bajo la piel; ponen el mismo presentido escalofrío de esas esponjas húmedas con que procuran limpiarlos cada día. Dentro se quedan suciedades que no podrían arrancar el asperón o los estropajos de níquel que se llevan ahora; uno no sabe, quizá sea mejor no comprender ya nada, quedarse sonriendo bobaliconamente como el de la cama tres, que tanto divertía a la chica anterior...Si, si, la otra chica ¿De dónde la sacarían? Era un bichillo raro, tan diminuta, tan mandona, con ese nosequé de marimacho venido a menos...¿Y ésta qué? ¿Cuánto va a pasar antes de que le cuente a su Lucrecia que ya no puede más, que su padre es un viejo rebelde y que ella no puede arruinar su salud joven tratando de vivirle una vida que él no quiere?¿Cuánto les dan? Los hijos nunca hablan con él de dinero, pero un día escuchó cómo Hilario y las chicas refunfuñaban porque se estaba comiendo todo con la puta enfermedad.

   Hace daño. Duele saber que uno se ha convertido en un grifo abierto, en un grifo que deja escapar toda clase de caudales, pero sobre todo los físicos. Dios, qué vergüenza, qué vergüenza que vengan a limpiar todas sus heces desde no sabe donde muchachas que tendrían que estar  con sus novietes inventando el amor tan trasnochado, tan nuevo siempre.

   Ha mirado a la chica, que apunta en una libretilla todo tipo de asuntos desconocidos, pero que deben referirse a él, porque de vez en cuando, ella también le mira.

   -Espero que nos llevemos bien, Enrique.

   Tiene un miedo espantoso, todo el miedo que caba en esa masa inerte de ochenta y cinco kilos a la canal. Ya pesa mucho empezar de nuevo, acostumbrar la mente a que ésta comience por la espalda, o a que sea zurda, o a que le inyecte desde el otro lado de la cama o a que le regañe con voz de flauta cuando averiüe que el orinal no llegó a tiempo... Espero que...

   Alguna vez la chica habla bajito y Enrique siente entonces que alguna fibra no se ha atrofiado en la debacle y que podría abrazarla si no fuera ese cerro de materia inútil...

   Lleva a veces una carpeta llena de apuntes desconocidos que hablan de gentes a las que él no conoce. Enrique finge entonces que está dormido para que ella finja que lo ha creído y se ponga a estudiar, tiene exámenes. Luego le da su cena y vuelve a confundirse con las otras cuidadoras que regresan a casa taconeando pasillo adelante. Enrique se duerme entonces de verdad. Ella, seguramente, continuará estudiando hasta muy tarde.

   Hay tardes que se vuelven insondables como magnos secretos que no van a desvelarse. Tardes que enseñan en sus fauces el contorno de alguna soledad definitiva. Es fácil conocerlas cuando se viven a medio metro de tierra firme, en una horizontalidad persistente y uno se ha habituado a los silencios horizontales de los compañeros. Son tardes en que ella no puede venir, en que no canturrea bajito ni le pasa una mano sin guante por los párpados para que descanse.

   Descansar del descanso , día a día, noche a noche. Y sin embargo hace tánta falta...

   Está vivo por eso, quiere decirse vivo de verdad, persona. Es capaz de sentir cada minuto esperando a las cuatro y venticinco, capaz de sujetar ese yo mineral que se adueña de todos sus contornos y prestar atención a lass pisadas, a las conversaciones del pasillo, a las lamentaciones de los hijos cansados de dejarse medio sábado en una carretera flanqueada de tilos para cumplir con él cada semana.

   -Parece buena chica esta de ahora.
   -Si, pero fíjate lo que llevamos gastado entre unas cosas y otras...
   -¡Qué le vamos a hacer! ¡Es que tambien tú!...

   Tal vez por todo eso podría suplicarle que no fuera a la cocina, que no pida su sopa todavía y se entregue otro rato a velarle ese sueño inexistente que le permite tenerla para él solo, tímida y breve como el trozo de pan que acompaña la cena de Nicasio, el de la cama dos; que permita imaginar un tiempo en que quizá ni hiciera falta ella para vivir... Pero sí, ella hace mucha falta, toda la falta... Ella no le ayuda a estar más limpio, mejor alimentado, le ayuda a seguir siendo él debajo de esa cáscara impasible que refriega a las cinco menos diez, por dentro de esa carne inmóvil. Ella, ella...

   Ella ha salido pasillo adelante buscándole la cena y Enrique siente ahora una imperiosa urgencia de que vuelva, una maldita necesidad de que se ocupe de él. Ahora, sólo ahora, justo ahora. Y ya no puede más; sabe demasiado bien que no puede esperar a su regreso, lo va sabiendo paulatinamente con mayor certeza conforme va alcanzándole ese olor que conoce tan de veras y que no puede evitarse a sí mismo. Quiere moverse como nunca ha querido...Llora, caen las lágrimas duras, como de diamante, tan guardadas, tan hondas y tan fáciles. Le cuesta respirar, siente que se está ahogando cuando escucha sus pasos en la distancia oscura de la sala contigua, pero no va a llegar.

   -¡Ay hija, ya descansó el pobre! Pero vaya disgusto tendréis...
   -Ya ves...La chica que le pusimos se lo encontró fritio, la criatura. Todo sucio como un bebé y con los ojos  llenos de lágrimas, ya ves tú, él que no lloraba nunca...